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“Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Nueva


  

“Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Nueva". Siguiendo las palabras de Jesús, 95 jóvenes de cuarto y quinto año del Colegio, aprovecharon sus vacaciones de invierno para misionar en el paraje de Pozo del Castaño, en la Provincia de Santiago del Estero. Los acompañamos 8 adultos.

Fueron meses de preparación, de conocernos como grupo, y de formarnos. En los que muchos tuvieron que renunciar a entrenamientos, fútbol, descansos y también a alguna que otra fiesta. Es invalorable el compromiso que pusieron, y el trabajo realizado. Esta previa fue fundamental para que estando allá, podamos sentirnos un solo grupo, y focalizar en lo esencial: darnos, con toda libertad, a la gente de Pozo. Formar vínculos. Y así se pudo hacer carne el lema menesiano 2019, "YO LOS ENVÍO, son parte de esta historia". Nos sentimos enviados, conscientes de ser instrumentos, y parte de la historia menesiana. No fuimos solos, sino sabiéndonos parte de algo más grande. Tampoco éramos misionando sólo los que estábamos en Pozo: misionaban con nosotros los que cayeron enfermos y no pudieron viajar, los que ayudaron con los preparativos, y cada familia que fue a acompañar la partida.

Algo se repetía: cuando a los chicos se les preguntaba por los orígenes de su intención misionera, citaban testimonios de misioneros ya egresados que definían a Pozo como "un lugar mágico". Pero bastaron un par de días allá para descubrir que la única magia del lugar es la de la realidad, sencilla, humilde, pobre. La transparencia de la gente del monte santiagueño, que interpela. La generosidad del que comparte todo lo que tiene. Las rondas interminables de mates, compartidos en silencio. Y esas miradas que nos llevan a lo esencial de la vida. 

Y llegaba la noche, y al compartir en grupo todo lo vivido en el día, las emociones se contagiaban e invitaban a estar atentos a cada minuto del día siguiente, no fuera que nos perdiésemos de algo. Y aparecía algo: Paz.

Son experiencias que transforman. Quizás lo mágico sea que nadie vuelve igual.

Un día allá arrancaba temprano, con una oración que los propios chicos habían preparado. Después de desayunar un grupo trabajaba con la catequesis de niños. Los propios niños nos enseñaban a ser misioneros, a bailar y a cantar. No dejaban espacio para la timidez o las inhibiciones. Acá se baila y se canta.

Mientras, otros salían a visitar casas. Compartidas con mate dulce con mucho poleo, que casi siempre terminaban con una bendición, en la que el dueño de casa también bendecía a los misioneros en la frente. Es en la apertura de los lugareños, su transparencia, la confianza que nos depositan, y la alegría con que nos reciben, que los misioneros descubrimos la grandeza de la sencillez, y aprendemos de ellos. Son verdaderos maestros.

Otros se quedaban trabajando en la escuela. Cuando alguien necesitaba ayuda, sobraban las manos. Destapar un inodoro era un desafío que nadie quería perderse. Aprender a hacer el repulgue de empanadas se volvía una fiesta. Buscar leña en el monte, sólo para los fuertes. Ayudar a Benito a armar una estructura antiviento o un reactor termonuclear, un privilegio. El denominador común: la alegría.

Después de almorzar se salía de vuelta a visitar casas. Al atardecer un grupo compartía con los jóvenes. Cuando estos se iban, antes o después de cenar, teníamos otro espacio de oración y formación, a veces con fuego incluido. Y si bien el clima no acompañó, al final salió el sol y nos regaló una última noche con todas las estrellas.

El jueves compartimos con la gente del lugar -y con nuestros compañeros misioneros de María Angélica- una celebración en el cementerio, en la que pedimos por los difuntos, y el viernes una cena a la canasta en la que no faltó el baile.  Como todas las despedidas, muchas emociones. Algunos esperando volver el año que viene, otros sabiendo que éste fue su último Pozo, y otros pensando que quizás María Angélica sea su nuevo destino. Todos con el corazón agradecido.

Hay una canción, que muchas veces escuchamos frente al fuego, que refleja bastante nuestro sentir estando allá. Copio una estrofa. Agradezco haber podido compartir esta nueva misión.

"Atravesando el monte y a través del polvo, las penas se ahogan el dolor es hondo. 

La piel se reseca el corazón lo cura. El viento sopla fuerte parece amargura. 

El camino de tierra emana sus secretos, una sonrisa abierta y unos ojos negros. 

Hay gente que piensa que el lugar no existe y hay otra que piensa que es un lugar triste, 

es porque no descubrieron lo que es vivir simplemente..."

 

Ignacio A (Educador Menesiano-Grupo Misionero).