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Misión de Exalumnos María Angélica 2019.


Emprendimos viaje el sábado 20 de julio. Eran vacaciones de invierno, sin embargo, 40 misioneros estábamos dispuestos a ir más allá, a donde otros no llegan para poder vivir una experiencia que te hace ver la vida con ojos nuevos. El grupo misionero estaba conformado por los adultos Hno. Claudio, Lucas, Edgardo, Luis, Martina, Florencia y ex alumnos de entre 18 y 19 años.

Durante el largo viaje nosotros veníamos hablando de la inquietud que teníamos ya que estábamos yendo a un lugar que nos era desconocido y a su vez hacía mucho que no era visitado por ningún grupo misionero.

Luego de horas de viaje llegamos el domingo al Obraje María Angelica, Santiago del Estero. El día estaba muy caluroso, el sol estaba radiante, nosotros bajábamos los bolsos del micro y ya había gente en el colegio esperándonos. Niños y adultos estaban allí para darnos la bienvenida. Fue algo muy loco y muy gratificante a la vez. Los miedos e inseguridades que teníamos de camino a María Angélica desaparecieron por completo al llegar y observar que las personas de allí se alegraban al vernos.

Desde un primer momento fuimos bien recibidos. Nos dimos cuenta que iba a ser una semana en la que disfrutaríamos a pleno. Ahora bien, no conocíamos el lugar. No obstante, tenía ciertas similitudes con Pozo del Castaño, lugar al que por lo menos todos los ex alumnos habíamos ido una vez...

Al caminar por la ruta de tierra, se puede observar por el lado izquierdo un canal en el que corre poca agua de color marrón. Al cruzarlo, se observan algunas humildes casas, separadas por cientos de metros. Del lado derecho crece una vegetación propia de las zonas áridas. Su color verde contrasta con el barro y del polvo, que crean una postal prácticamente monocromática. Detrás de las plantas se observan algunos carteles verdes que con letras blancas informan al caminante dónde se encuentra. Junto a ellos se dibujan algunos senderos que conducen hacia algunas otras casas, más hacia adentro del monte.

 “ESCUELA N° 668 OBRAJE MARÍA ANGÉLICA”, se lee en una de las señales. Pocos metros después, el camino se abre y aparece un edificio bastante moderno (bastante similar al edificio de Pozo del Castaño). Este está en el centro de un terreno cercado con postes de madera recién pintados de negro que sostienen el alambre de púas. El colegio fue inaugurado el 9 de septiembre de 2013 por el gobernador Gerardo Zamora. Esto explica porque contrasta tanto con las demás estructuras del lugar. Tiene una cocina, una pequeña oficina que pertenece al director y dos aulas en las que durante el año asisten a clase niños de primaria.  En el techo hay grandes paneles solares que no funcionan, pero que atraen la mirada.

Detrás, hay otro edificio muy similar. Casi idéntico, solo que parece abandonado. Da la sensación de estar en ruinas, pero no es más que el colegio secundario. La vegetación y las grietas en las paredes no permiten ver su color original. Entre el desorden y la evidente falta de mantenimiento, chicos de hasta catorce años intentan tener sus clases ahí todos los días.

A la derecha del predio, se encuentra el jardín. Es una pequeña casa celeste y de techo verde rodeada por un alambrado. Esta encierra algunos juegos para nenes.

Nuestros días comenzaban temprano, alrededor de las 8:30hs teníamos un momento de oración y al finalizar comentábamos brevemente las actividades que se realizarían en el día. A las 9:00hs de la mañana el servíamos el desayuno para los niños que empezaban a llegar. Ellos también estaban de vacaciones, pero la visita de los misioneros es todo un evento y nadie se lo quería perder.

Puede parecer mentira que los niños te reciban con tanto cariño sin conocerte. Pero es así. Desde un primer momento te esperan para ir corriendo y abrazarte, sonreírte, hablarte. Hasta los misioneros más tímidos logran establecer un vínculo con ellos. Los chicos tienen una particularidad hermosa de pura inocencia en la que se les nota a flor de piel sus emociones, y ver la alegría en sus caras al estar con nosotros, los misioneros, es una de las cosas que más te llenan el alma. Es un regalo de Dios.

Los padres disfrutaban al ver a sus hijos corriendo de aquí para allá, jugando a la pelota o cantando algunas de las canciones que nosotros les enseñábamos. Si te alejabas un poco y observabas el panorama, era una imagen muy hermosa ver como todos estaban esperando a los misioneros y con el amor que nos recibían. Hacía mucho tiempo que no iba ningún grupo misionero y la alegría de que hayamos ido nosotros se les notaba fácilmente.

Por la mañana luego del desayuno se realizaban actividades tales como jugar a la pelota, cantar, bailar, dibujar, pintar, armar pulseras, etc. Tanto niños como jóvenes nos acompañaban a lo largo de la mañana y luego compartíamos todos el almuerzo.

Más próximos a la tarde, a eso de las 14:30hs aproximadamente nos dividíamos en grupos para poder realizar así las visitas a las casas. Los jóvenes y niños que estaban en el colegio nos solían acompañar para guiarnos ya que al no conocer el lugar y no tener referencias era muy fácil perderse.

Insisto, es increíble con el amor que te reciben las personas allí. Apenas nos ven por el camino no dudan en sacar sillas e invitarnos a pasar para compartir un momento de la tarde con nosotros. Hay infinitas anécdotas e historias que cada misionero tiene para contar de las visitas a las casas, pero nos vamos a detener en una que marcó mucho a quienes la vivieron.

En una de las casas más alejadas se encontraba un señor llamado Pedro que se encontraba con la hija. Al ver a los misioneros pasando por allí, Pedro no dudo en invitarlos a pasar. Se podía ver en su rostro una gran emoción y alegría. Los recibió muy amablemente a todos y no dudó en contarles algunas de las situaciones adversas por las que había tenido que pasar.

Pedro era un señor de mediana edad que relató que había sufrido varias complicaciones de salud y durante su discurso comenzó a llorar. Estaba emocionado ya que compartir ese momento con los misioneros lo emocionaba mucho. Les dijo que era muy lindo lo que hacían y que la misión le hacía muy bien a toda la gente de María Angélica. Se armó un clima tan hermoso que ni Pedro ni los misioneros querían terminar el encuentro. Un poco de esto se trata, de querer que el momento de paz y goce no termine nunca…

Una vez realizadas las visitas a las casas, realizábamos una celebración donde las familias estaban invitadas. Los que asistían al colegio solían quedarse hablando con nosotros y los niños aprovechaban para jugar con nosotros un rato más.

Por las noches cenábamos y eran invitados todos los que se encontraran en esa hora en el colegio. Al terminar, teníamos un último momento de oración antes de ir a dormir que era organizado por los misioneros de grupo Liturgia.

El miércoles pudieron ir de Pozo del Cataño a María Angélica Romina (médica dermatóloga) y Marcela (dentista). Esta visita fue de gran ayuda ya que muchos pudieron ir y se les brindaron diferentes herramientas de salud como medicamentos, tratamientos, etc. La gente estaba muy agradecida de poder acceder a un médico sin necesidad de ir a Tintina, donde a veces recorrían muchos kilómetros para llegar y era en vano porque no lograban recibir atención médica.

Los días pasaban y nosotros estábamos encantados con la experiencia, no queríamos que acabara. Llegó el jueves y era el último día allí, en María Angélica. Se nos ocurrió llevar unos mates de regalo con una tarjeta que decía “Las mejores cosas de la vida son las que se comparten” para entregar en la merienda a modo de cierre. Todas las familias fueron invitadas y todas pudieron asistir. Algunos llevaron tortillas, otros mates, tortas, pan, etc. Fue muy emocionante ver como todos traían algo para compartir y pasaban nuestra última tarde con nosotros.

Sinceramente la semana había estado conformada por días grises de mucho frío y lloviznas, pero increíblemente el jueves salió el sol para acompañarnos y despedirnos con un atardecer mágico rodeados de la gente presente en la mateada.

Ir a misionar es una experiencia única. Empatizar con el otro, dedicarle tiempo. No son tan importantes las cosas materiales, es más, hay una frase que dice “hay gente tan pobre que solo tiene dinero”. Lo importante es el compartir una palabra con el otro, escucharlos, tratar de alegrarles el día con pequeños gestos como compartir un simple mate. Porque al final, de eso se trata, de dar sin esperar nada a cambio. Y les aseguro que al hacerlo se recibe mucho más de lo que se da.

Camila y Joaquin.